Horacio Angel Maldonado, excombatiente y autor de un libro testimonial, detalla las carencias extremas en el frente y critica la indiferencia social y política hacia los veteranos a lo largo de décadas.
«Bañarse diariamente es casi una utopía en la guerra, se ensucia el pelo y, si está largo, aparecen los piojos. Los de la cabeza no transmiten enfermedades graves como los del resto del cuerpo, que anidan en la ropa; entre ambos provocan serios trastornos en las personas…», relata Horacio Angel Maldonado, veterano de la Guerra de Malvinas de 1982.
En su testimonio, Maldonado describe la crítica situación logística: «La ingesta de calorías diarias debía rondar entre 4500 y 5000 calorías para un hombre, y se la preparaba en ocho menús distintos para cuatro comidas; te la debían entregar en viandas que pesaban 2,3 kilos, pero de ahí a que llegaran a las tropas había un abismo». Explica que, con el cielo en poder inglés, los helicópteros no podían arriesgarse a llevar provisiones. «Una ración así solo la recibíamos cuando ya estábamos prisioneros de guerra de los ingleses. Combatir con la panza vacía no sólo es difícil, puede ser mortal…», afirma.
El veterano recuerda cómo, en Puerto Argentino, los soldados intentaban «fatearse»: escaparse al pueblo para conseguir algo más de comida. «Las lentejas, por ejemplo, salían enteras en las deposiciones, porque no las remojaban», ejemplifica sobre la mala preparación de los alimentos.
Maldonado también narra un episodio personal durante un bombardeo, del que salió con graves lesiones en la espalda que, según cuenta, no fueron diagnosticadas correctamente en un primer momento. «Fui al Hospital Militar, me daban muchas vueltas… hasta que fui a un traumatólogo por mi cuenta, y me dijo: ‘usted tiene tres vértebras sacras rotas'».
Estas vivencias forman parte de su libro Las dos heridas de Malvinas, la que provocó la guerra y la que la indiferencia social dejó. La post guerra de Malvinas (1982-2020), publicado en 2021. La obra, de 470 páginas, recopila información, estadísticas, testimonios y bibliografía. Sin embargo, Maldonado asegura que ningún político quiso leerlo. «También se lo dejé a Javier Milei en la portería de la Residencia de Olivos, y ni siquiera figura en el listado público de regalos recibidos, y yo tengo la constancia y el número de recepción», sostiene.
«No es cuestión de ideologías, fue así en todos los gobiernos que hubo. Quizás por el temor a ver reflejada su inoperancia, su ineptitud y su indolencia», explica.
Con tristeza, el autor expresa que muchos veteranos se sienten utilizados solo en las conmemoraciones: «Me siento como una marioneta vieja, como uno de esos títeres de trapo desempolvado el 2 de abril para un homenaje rutinario». Y agrega: «Aunque quiera evitarlo, no puedo, una guerra es algo tan asqueroso que es imposible olvidarla y menos me sale si cada otoño se pone en marcha un lamentable circo patriotero».
Maldonado, hijo de un albañil y una costurera, criado con modestia en el conurbano bonaerense, fue soldado raso. A su regreso, tuvo que «hacer de todo para encontrar su lugar». A pesar de las dificultades, fue uno de los impulsores en la lucha por el reconocimiento estatal de los veteranos. «Tienen que seguir dando batalla para encontrar un lugar en la sociedad», concluye, con la sensación de que su mensaje debe repetirse desde hace 44 años.
