Elena Fragío, una joven de 28 años de Huelva, publicó ‘Adamuz, el último tren’, un relato de su experiencia como sobreviviente del accidente ferroviario ocurrido el 18 de enero en Córdoba.
Huelva, 14 jun (EFE).- Elena Fragío, licenciada en Criminología de 28 años, publicó el libro ‘Adamuz, el último tren’ (Editorial Niebla), en el que relata su experiencia como sobreviviente del accidente ferroviario ocurrido el 18 de enero en Adamuz (Córdoba). El siniestro dejó 42 fallecidos.
En una entrevista con EFE, Fragío afirmó que el accidente sigue presente en su memoria a través de gritos, sonidos de teléfonos móviles y una presión constante que la despierta sobresaltada. La joven regresaba de Madrid a Huelva tras presentarse a unas oposiciones para funcionaria de prisiones. Indicó que las secuelas físicas del accidente le impedirán ejercer esa profesión.
Fragío explicó que el libro surgió como un intento de ordenar los recuerdos que la desbordaban durante los 103 días que permaneció inmovilizada en una cama. Inicialmente lo escribió como un diario, pero luego consideró que «aquello podía llegar más lejos».
La sobreviviente viajaba en el vagón 1 del Alvia que cayó a un terraplén tras chocar con un tren de alta velocidad. Permaneció atrapada en el interior durante una hora y media. «No veía nada, la oscuridad era absoluta», declaró. El impacto le perforó el tímpano, lo que generó un pitido constante que dominaba cualquier otro sonido. «Intentaba ubicarme tocando todo lo que tenía alrededor, pero solo encontraba hierro y cristal», sostuvo. Comenzó a percibir múltiples heridas, sintió correr sangre por el rostro y las piernas, y experimentó «el miedo a morir».
Una pasajera la agarró y le preguntó si estaba viva, lo que Fragío calificó como un primer contacto que «nos sirvió a las dos, dejamos de sentirnos solas». Recordó que muchos pasajeros «corrían hacia el caos» para ayudar y que, al ver a un compañero de academia iluminado por una linterna tras una hora y media de oscuridad, gritó su nombre. Fue arrastrada fuera del vagón, pero sus piernas ya no respondían.
Desde el exterior, observó cómo improvisaban camillas con asientos arrancados del tren para trasladar a los heridos. Expresó admiración hacia esas personas porque «en medio de todo aquello todavía eran capaces de pensar cómo ayudar a los demás». También mencionó a un hombre con un chaquetón amarillo que le prestó su teléfono para llamar a sus padres y decirles que seguía viva.
Su padre llegó hasta la camilla en la que era evacuada al hospital, pero no la reconoció porque tenía el rostro cubierto de sangre, inflamado por los golpes y cubierto con mantas térmicas. «Fátima, no es Elena», dijo su padre a su madre. Fragío perdió un 40 % de audición en ambos oídos de forma irreversible y lleva varios tornillos y clavos en la pelvis y el sacro, lo que condicionará su movilidad futura.
La cicatriz de nueve centímetros que atraviesa su rostro es una de las heridas más visibles. «A mí me han quitado hasta mi cara», afirmó. Indicó que aún le cuesta mirarse al espejo y que durante mucho tiempo fue incapaz de retirar las tiras que cubren la cicatriz. Al caminar por la calle siente que los demás la observan, aunque reconoce que es una percepción nacida del trauma.
Como sobreviviente, Fragío declaró que no sabe si fue «suerte, un milagro o que no era mi destino, pero la culpa no se va», al recordar que los fallecidos «tenían familias, proyectos, trabajos y sueños, como yo». Durante su ingreso hospitalario, esa culpa se manifestó en detalles como cortarse el pelo por encima de los hombros porque se lo había manchado con sangre que no era suya, lo que le «hacía sentir todavía más culpable».
A pesar de ello, Fragío sostuvo que su herramienta principal para superar el dolor y el trauma ha sido el humor. En la Unidad de Cuidados Intensivos, cuando le preguntaban cómo estaba, respondía con ironía: «como si me hubiera atropellado un tren».
