jueves, 8 octubre, 2026
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La intolerancia a la incertidumbre, un factor clave en los trastornos de ansiedad y depresión

Investigaciones psicológicas señalan que percibir lo incierto como una amenaza está estrechamente vinculado a la preocupación patológica y afecta la salud mental.

En un contexto global de cambios constantes, la incertidumbre se ha convertido en una parte estructural de la vida cotidiana. Sin embargo, no todas las personas reaccionan de la misma manera. Estudios recientes en psicología coinciden en que la intolerancia a la incertidumbre es uno de los motores más importantes de la preocupación extrema y los trastornos de ansiedad.

Una publicación de Psychology Today, titulada “La intolerancia a la incertidumbre y la maldición de la preocupación”, describe este rasgo como una tendencia a percibir lo incierto como amenazante. Esta característica está estrechamente vinculada a la preocupación patológica y al trastorno de ansiedad generalizada.

El psicólogo británico-estadounidense Graham Davey, especialista en ansiedad, lo sintetiza con una metáfora: la intolerancia a la incertidumbre funciona como una “alergia psicológica”. Incluso pequeñas dosis de duda pueden generar respuestas emocionales intensas y desproporcionadas. Davey advierte que “la preocupación no resuelve la incertidumbre, solo la mantiene activa”, un círculo vicioso en el que quedan atrapadas muchas personas.

La evidencia empírica refuerza esta explicación. Un estudio sobre Ansiedad y Estrés, publicado por Elsevier, analizó a más de 500 adultos y encontró correlaciones significativas entre la intolerancia a la incertidumbre, el afecto negativo (emociones como miedo, irritabilidad o tristeza) y los síntomas de ansiedad y depresión. En concreto, la relación con ansiedad alcanzó un coeficiente de r = .52 y con depresión r = .53.

La investigación señala que el afecto negativo cumple un rol mediador: no es solo la incertidumbre la que genera ansiedad, sino cómo se la experimenta emocionalmente. Esto refuerza la idea de que el problema no está únicamente en lo que ocurre afuera, sino en los procesos internos que se activan frente a lo incierto.

El psicólogo estadounidense Michael J. Dugas, profesor e investigador en trastornos de ansiedad, sostiene que la intolerancia a la incertidumbre es “un componente central en el desarrollo y mantenimiento de la preocupación excesiva”. Su modelo teórico, ampliamente validado, plantea que este rasgo cognitivo no solo predice la ansiedad, sino que la sostiene en el tiempo.

Desde este enfoque, la intolerancia a la incertidumbre es considerada un factor “transdiagnóstico”. Es decir, no se limita a un solo trastorno, sino que aparece en múltiples problemas de salud mental, desde la ansiedad generalizada hasta la depresión o el trastorno obsesivo-compulsivo. Implica “la tendencia a considerar los eventos inciertos como inaceptables y amenazantes, independientemente de su probabilidad real”.

En la vida cotidiana, esto se traduce en conductas muy concretas: necesidad constante de certeza, búsqueda de seguridad en otros, dificultad para tomar decisiones o tendencia a sobreanalizar escenarios futuros. Aunque estas estrategias pueden aliviar momentáneamente la ansiedad, a largo plazo la refuerzan.

El problema, entonces, no es la incertidumbre en sí —inevitable en cualquier contexto humano— sino la relación que las personas establecen con ella. Quienes no logran tolerarla tienden a sobreestimar amenazas, anticipar escenarios negativos y quedar atrapados en el pensamiento contrafactual del “¿y si…?”.

En un escenario social donde la incertidumbre es cada vez más visible, la psicología contemporánea, especialmente desde los enfoques cognitivo-conductuales, propone un cambio de paradigma: en lugar de intentar eliminarla, el objetivo es aprender a convivir con ella. Esto implica desarrollar herramientas de regulación emocional, aceptar la falta de control absoluto y reducir la necesidad de certezas permanentes.

En definitiva, como sugieren tanto la evidencia científica como los especialistas, la clave no está en predecir el futuro, sino en fortalecer la capacidad de atravesar lo desconocido sin que eso se convierta en una fuente constante de angustia.

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