Una columna sobre la rutina cotidiana y la ausencia de cábalas y deseos, a 37 días del Mundial de fútbol.
“Hay un deseo que pido siempre que pasa un tren”, canta Andrés Calamaro en la radio del auto. Hace semanas que no pedimos deseos y que le aflojamos a las cábalas. Apenas pasaron 37 días desde el Mundial. Ya no se ven personas con la camiseta de Messi en el barrio. Los comercios recuperaron sus estéticas premundialistas. Quedan algunas vidrieras con decoración albiceleste, porque parece complicado despegar los stickers. Hay calcomanías de gaseosas que ya no se consiguen más, pero ayudan a mantener viva la memoria de los sabores frescos de otros veranos.
Avanza Calamaro con “Mi gin tonic”. El autor se cruza con una mudanza y recita el conjuro de “si la sorpresa es buena que venga, si es mala que se detenga”. Advierte que hace mucho tiempo que no entra a conocer una iglesia y pide un deseo; tampoco pasa por debajo de escaleras ni esquiva andamios en las veredas. Se pregunta cuántos deseos habrá pedido y cuántos se habrán cumplido. Coincide con Calamaro en que “hay días para quedarse a mirar, hay días en que hay poco para ver”.
