La presidenta ejecutiva del Banco Santander, Ana Botín, de 66 años, se refirió en una entrevista con CNBC a la presión de liderar el grupo financiero heredado de su padre, Emilio Botín, fallecido en 2014.
La empresaria Ana Botín, de 66 años, preside el Banco Santander desde hace 12 años. Asumió el cargo horas después del fallecimiento de su padre, Emilio Botín, ocurrido el 10 de septiembre de 2014 a los 79 años tras sufrir un infarto en su domicilio.
Nacida el 4 de octubre de 1960 en Santander, España, es la tercera generación de la familia fundadora del grupo. En 2025, la revista Forbes la ubicó en el puesto 15 de su lista de las 100 mujeres más poderosas del mundo, como única representante española.
Antes de incorporarse al consejo de administración en 1989, se graduó en Economía en Bryn Mawr College, Pensilvania, y realizó estudios de posgrado en la Universidad de Harvard. Trabajó durante siete años en el banco de inversión J.P. Morgan en Nueva York y Madrid, donde alcanzó el cargo de vicepresidenta en las áreas de Tesorería y Latinoamérica.
En 1988 ingresó al Banco Santander y en la década de 1990 participó en la estrategia de expansión internacional del grupo hacia América Latina, además de desempeñarse como consejera delegada de Banco Santander de Negocios.
«Hace diez años no me hubiese definido como feminista, pero hoy sí», declaró Botín en el encuentro «Santander América Latina», celebrado en abril de 2025, donde también abordó la participación de mujeres en puestos de dirección.
«Durante muchos años se me conoció como ‘la niña’, cuando mi empresa se fusionó con otra. Los líderes eran entonces todos hombres mayores, todos de los mismos orígenes», detalló sobre el sector financiero de los años 80.
El legado familiar
En febrero de 2026, en una entrevista exclusiva con la cadena estadounidense CNBC en el programa Executive Edge, Botín se refirió a las presiones asociadas a su apellido.
«Tener el apellido que tengo o haber nacido en la familia en la que nací no es un privilegio para dormirse, sino una enorme responsabilidad. Mis padres me enseñaron desde muy pequeña que cuando te dan mucho, se espera mucho más de ti», expresó.
«De pequeña me grabaron a fuego que el apellido no era un regalo, sino una responsabilidad», recalcó la empresaria, madre de tres hijos de su matrimonio con Guillermo Morenés Mariátegui.
Definió a su madre, la pianista Paloma O’Shea, como la mayor influencia de su vida. «Nos envió fuera a estudiar. Me fui con 13 años de casa, pero yo quería irme antes. Siempre he sido bastante aventurera. Me encantaba conocer sitios nuevos y aun así sentía a mi madre súper cerca», reveló.
Hasta los 30 años fue una trotamundos y consideró estudiar periodismo, inspirada en la carrera de su tía, Covadonga O’Shea, fundadora de la revista Telva.
«Me dijo que no era buena idea, y al final acabé en JP Morgan. Allí no te contratan si no vales. Mi padre no tuvo nada que ver en eso, ni en mi incorporación al Banco Santander», afirmó en el programa de televisión Planeta Calleja.
En esa entrevista reconoció que durante tres años su relación con su padre estuvo marcada por tensiones debido a una portada de EL PAÍS Semanal que protagonizó en febrero de 1999 y que no gustó a directivos de la entidad con la que se iban a fusionar.
«Tras la fusión con el Central Hispano mi padre me llamó y me pidió que me fuera. Hizo lo que tenía que hacer, pero las formas de hacerlo me hicieron bastante daño», señaló.
«Más duro fue que en una junta de accionistas me dijo que le daba igual el valor de la familia, que lo que le importaba era el banco. Fue una situación muy dura», contó.
«Estuve tres años fuera del banco y monté tres fundaciones, creo que si no hubiese sido por eso no estaría aquí. En ese tiempo gané más dinero que en los diez años anteriores», reveló.
«Yo tenía mi vida organizada y mi padre me llamó para ver si quería seguir con eso y ser independiente o volver al banco. La relación con mi padre siempre fue buena, aunque en esos tres años no fue igual. No soportaba cuando en las reuniones me mandaba callar», indicó.
«Nunca sentí que el apellido me diera derecho a nada por sí solo; al contrario, implicaba trabajar el doble para demostrar que estaba ahí por méritos propios y cuando me eligieron para el puesto de mi padre realmente tenía el mejor currículum y estaba calificada», manifestó.
