Un repaso por la vida y obra del escritor Ray Bradbury, su influencia en la ciencia ficción y los paralelismos con los planes actuales de SpaceX para colonizar Marte.
No recuerdo la estación, si era invierno o verano, solo que tenía diez u once años. Medía apenas un metro cincuenta y el médico de confianza de mis padres me había diagnosticado una inusual forma de enanismo. N., la chica de la que estaba perdidamente enamorado, ignoraba mi devoción mientras me trataba con el cariño que alguien dispensa a un chihuahua tierno, pero cargoso. Y el corpulento M., el bully que el destino había asignado a nuestro curso, desquitaba con golpes de puño en la zona media de mi cuerpo alguna frustración desconocida. Quizá la de haber sido él -y no nuestras compañeritas- el primero del aula en desarrollar pechos.
En ese contexto tan propicio para mi autoestima, vi en una librería neuquina un libro que llamó mi atención. Su sobria portada azul oscuro mostraba, en el centro, la ilustración de un cohete junto a una antigua casa. Por entonces, estaba obsesionado con los fenómenos paranormales, los avistamientos de ovnis y con aquella “autopsia del extraterrestre” que Chiche Gelblung había recreado en televisión abierta, así que su título, Crónicas marcianas, despertó de inmediato mi interés.
Sí, había alienígenas, viajes espaciales y astronautas asesinados, pero lo que transcurría en las páginas del libro de Ray Bradbury estaba muy lejos del tono alarmista y conspirativo de series populares como V: invasión extraterrestre o Código X. Era, en definitiva, la historia de cómo los humanos, después de haber llevado a su planeta al borde del colapso, emprenden la colonización de Marte. Sin sospecharlo, sus expediciones arrastran consigo el gen de la devastación. Y así, el planeta rojo termina como la Tierra: casi sin sobrevivientes, apenas un puñado de ciudades de cristal abandonadas a orillas de mares muertos.
Crónicas marcianas fue el refugio que elegí durante la tempestad de la preadolescencia. En los recreos buscaba algún punto ciego de la escuela para esquivar los puños de M. y regresar a sus relatos, a esos personajes que, aun en grupo, parecían sentirse siempre solos. El libro me hizo añorar la posibilidad de dejar atrás un mundo que se me volvía ingrato para empezar de nuevo en otro, aunque la fatalidad aguardara al final del viaje como un destino ineludible.
El tiempo pasó. Crecí quince centímetros -en su cara, doctor Ottonello-, me casé con una mujer increíble y los años de terapia me dieron las herramientas necesarias para lidiar con los matones. Por su parte, Bradbury -que murió en 2012 a los 91 años- volvió a ser noticia en los últimos meses. Primero, por la edición de Cuentos, un libro de 1300 páginas publicado por la editorial española Páginas de Espuma, que reúne 116 relatos breves del escritor estadounidense. Más allá de algunas licencias imperdonables de la nueva traducción castellana (¿“mecachis”?), la antología funciona como una introducción exhaustiva al corpus bradburiano, que supera los 400 cuentos, media docena de novelas y algunos ensayos.
Apenas dos semanas atrás, otro acontecimiento me recordó al autor de Crónicas marcianas: SpaceX, la compañía aeroespacial fundada por Elon Musk, comenzó a cotizar en Wall Street luego de protagonizar la mayor oferta pública inicial de la historia.
El cronograma de conquista espacial de Musk contempla el envío de una misión tripulada a Marte para 2029 y el desarrollo de una colonia autosuficiente en 2050. “SpaceX quiere llevarlos a la Luna, llevarlos a Marte y, en última instancia, más allá”, sostuvo el sudafricano el 12 de junio en un evento en Texas.
Mientras tanto, el magnate sueña con el cosmos, el recrudecimiento de guerras territoriales y religiosas y la explosión de tecnologías tan innovadoras como intimidantes -Musk también es cofundador de OpenAI, creadora de ChatGPT- devuelve a la humanidad a las trincheras de la incertidumbre. Pienso en Bradbury, que una vez declaró: “No trato de describir el futuro, trato de prevenirlo”. Quizá todavía haya tiempo.
