Un aprendiz de chino relata los desafíos de practicar el idioma con hablantes nativos en el país, entre la falta de interlocutores y los prejuicios mutuos.
Todo el mundo sabe que para aprender un idioma no basta con ir a clases un par de horas a la semana. Se trata de un proceso que exige práctica continua, para cambiar las estructuras mentales y pensar directamente en el idioma extranjero. Ese es el gran reto: pensar directamente en mandarín. Y aunque hay cómplices en esta aventura del lenguaje, también es cierto que la ausencia de interlocutores cotidianos limita el aprendizaje.
De modo que, hace rato, el autor se propuso dar con un hablante nativo con quien ensayar los tonos: alguien con paciencia suficiente para hablar unos minutos al día. No se trata de una tarea sencilla. Los migrantes chinos están entre los más estigmatizados de América Latina. Son víctima usual de burlas, comentarios despectivos y mofas respecto a su modo de hablar español, como si hablar chino fuera en comparación cosa sencilla. Ellos, por su parte, suelen formar comunidades cerradas, defensivas, y a menudo se muestran ásperos, indescifrables, a la hora del contacto con los locales.
Ir al abasto y comenzar a balbucear frases mal dichas en mandarín es una aproximación más bien torpe al asunto. El primer vuelo de prueba fue con Leti, una china cordial y desenvuelta que atendía cerca de casa. Como era dada a la conversación y redondeaba para arriba un par de pesos del vuelto, se le antojó la opción perfecta para empezar. Así que un día intentó preguntarle si lo que escuchaba en su celular eran las noticias. Algo sencillo, pero debió haberlo pronunciado fatal. Leti lo miró con gesto desconcertado y le preguntó con condescendencia qué estaba intentando decir. Repitió sus cuatro o cinco sílabas titubeantes, cada una con menos convicción que la anterior, y ella sonrió y dijo que eso no era lo mismo que ella hablaba. Explicó sus intenciones y la cosa, en apariencia, no terminó tan mal. Pero a partir de entonces, como si hubiera divulgado un secreto suyo, comenzó a tratarlo con frialdad. Tanto, que empezó a obligarse a ir al abasto de la otra cuadra, a pesar de que implicaba caminar más.
Tiempo después, durante las fiestas de año nuevo, obtuvo mejores resultados: después del “xinniankuailé” y una sonrisita de turista, consiguió en un par de ocasiones una respuesta más receptiva. Eso le dio coraje para volverlo a intentar. Tuvo su chance al entrar a otro abasto con un amigo venezolano más joven, cuando la cajera, un poco en chanza, les preguntó si acaso eran hermanos. El autor respondió en mandarín que sí, que era su hermano menor, y a ella la sonrisa se le detuvo. Siempre en español, le preguntó con hosquedad qué era eso que había dicho, usando el mismo tono de desprecio que había visto a muchos clientes usar con ella. El chino, por lo visto, había pasado a ser él.
Podría contar otros tropiezos, pero prefiere cerrar esta nota con optimismo: hace poco abrió en el barrio una lavandería, atendida por una pareja china. Mañana llevará algo de ropa a lavar. Deséenle suerte.
