La guerra entre Estados Unidos e Irán ha convertido a Irak en un campo de batalla indirecto, con una escalada de ataques cruzados que complica la estabilidad del país y la región.
La principal consecuencia geopolítica de la guerra de Irak de 2003 fue la conversión de este país en un escenario de lucha por influencia entre Estados Unidos e Irán. La necesidad del aval de ambas potencias para formar gobierno en Bagdad evidencia esta pugna, que se ha recrudecido con el actual conflicto regional.
En las últimas semanas, Irak ha experimentado una escalada de violencia con ataques cruzados que han causado la muerte de una treintena de personas, consolidándose como uno de los principales campos de batalla indirecto de esta confrontación. El primer ministro en funciones, Mohamed Shia al-Sudani, condenó los bombardeos y convocó a representantes de Irán y Estados Unidos, en un complejo esfuerzo por evitar que el país caiga en una nueva espiral de violencia.
La tarea de Al-Sudani se ve dificultada por la presencia de fuerzas afines a ambos bandos en territorio iraquí. Estados Unidos mantiene una base militar con unos 2000 soldados en la región kurda, mientras que Irán cuenta con el apoyo de milicias chiíes agrupadas en las Fuerzas de Movilización Populares (FMP), integradas a las fuerzas de seguridad pero con una fuerte lealtad hacia Teherán.
Recientemente, las FMP se han sumado a los ataques iraníes contra objetivos estadounidenses, lo que provocó una respuesta contundente de Washington, incluyendo bombardeos contra posiciones de estas milicias. Estos ataques a instalaciones públicas iraquíes por bandos opuestos en cuestión de horas subrayan la extrema complejidad de la situación en el país.
Las preocupaciones del gobierno iraquí no son solo de seguridad. Ante el bloqueo del estrecho de Ormuz, Irak declaró el cierre indefinido de la mayoría de sus pozos petrolíferos. Dado que hasta el 90% de los ingresos de Bagdad provienen del petróleo, una prolongación del conflicto podría llevar al país a una grave crisis económica.
