La autora relata su participación en tres clubes de lectura con características distintas: una biblioteca pública en Caldas (Medellín), un grupo de empleados bancarios en Buenos Aires y un encuentro en un piso de Puerto Plata.
Un libro es una hoguera. A veces nos sentamos solas frente a él, la cara iluminada por sus llamas, sabiendo que nos quedará la tibieza del rescoldo por mucho tiempo, años, toda la vida. Otras veces es un fogón que junta a otras y otros a su alrededor, se comparte, se aviva, bailamos a la vuelta como niños o borrachos, como vagabundos que sólo tienen ese fuego en un tacho, abajo de un puente y, sin embargo, alcanza y sobra.
Algo así se siente en los clubes de lectura. Justo en estos días estuve en tres muy distintos y sin embargo animados por el mismo espíritu: juntarse a leer y hablar de un libro. En Medellín, declarada capital mundial del libro 2027, tienen una red de bibliotecas públicas impresionante, sostenidas por las mutuales. Ya no se usa esa palabra en nuestro país, pero me acuerdo lo importante que sonaba cuando era chica: la mutual que, según el diccionario, quiere decir “recíproco”. La mutual no sólo te aseguraba atención médica, sino también los cuadernos y lápices cuando empezaban las clases y regalos para el día del niño y la navidad.
Un mediodía caluroso nos fuimos con Carolina, promotora de lectura, a la biblioteca de Caldas, un pueblo cercano a Medellín. Llegamos temprano porque el tráfico estuvo liviano. También Carlos V, un señor de unos 70 años, había llegado temprano, desde el campo a media hora del pueblo, donde vive y siembra frijol y yuca y antes, por 35 años, trabajó en un criadero de pollos. Tiene nombre de emperador ahí en el club de lectura porque es el Carlos número 5 del grupo. Nos acompañó a almorzar. Las cantinas alrededor de la plaza principal estaban llenas porque era el día del amor y la amistad. Pero conseguimos un lugar en una mesita apretada donde comimos pollo a la brasa y ensalada. Mientras, Carlos V nos contó su historia, cómo llegó a la biblioteca cuando se jubiló y empezó a buscar en qué ocupar tanto tiempo libre. No era lector hasta entonces. Se juntan cada jueves con Julio, el joven bibliotecario que coordina el club. Mujeres grandes que ya criaron hijos y nietos, hombres que aún trabajan, muchachos como Carlos I que, además, es campeón de cubo rubick. Personas que difícilmente hubieran coincidido en una misma mesa, se reúnen en un mismo libro, toman sus tintos, conversan, discuten, comparten sus historias de vida porque los libros también nos hablan según lo que hemos vivido.
Otro día, el club es el de los empleados de un banco. En horario de trabajo, dejan sus puestos un par de horas, hombres vestidos de elegante sport, mujeres con tacos y trajecitos sastre. A diferencia de la biblioteca, donde leen en los encuentros, en este cada persona tiene su ejemplar: el banco compra y les regala el libro elegido del mes. Leen en sus casas y en los encuentros desmenuzan la novela desde la portada hasta el texto de contratapa. Dejan por un rato los números, las quejas de los clientes, el ruido de las maquinitas que cuentan billetes, para conversar de cosas de las que tal vez ni siquiera hablen con sus amigos más cercanos. Un libro genera intimidad entre desconocidos.
El último club que visito sucede en un piso 8 precioso de Puerto Plata, en República Dominicana, al atardecer. Hay comida deliciosa que trajeron las socias del club, vino blanco helado, y una charla atropellada en ese español tan lindo que hablan y que se mezcla con el sonido del mar que está ahí nomás. Como aquí es difícil conseguir los libros en papel, todas leyeron en sus kindles.
Fuegos distintos, pero el mismo fuego: ilumina, chisporrotea, quema las manos. Enciende el corazón y la cabeza.
