Andrés Balaciano, chef y propietario del restaurante Loreto Garden en Colegiales, combina su labor culinaria con la de DJ. Su vínculo con el reconocido DJ Javier Zuker, quien era cliente del restaurante, lo introdujo en la escena musical.
Andrés Balaciano todavía no era DJ cuando Javier Zuker empezó a aparecer por Loreto Garden, el restaurante que había abierto junto a su hermano en una casa familiar lindante a la donde se crió, en Colegiales. Lo veía trabajar con la computadora, lo reconocía de nombre y sabía que había sido parte de una época fuerte de la música electrónica porteña. Al principio fue un cliente. Después, una amistad. Más tarde, una puerta de entrada a la cabina.
Antes de eso, la música electrónica ya estaba en su vida. A los 12 o 13 años escuchaba lo que entonces llamaba “marcha”, probaba programas como Traktor o Fruity Loops y se acercaba a la música como a un juego. El cambio llegó cuando empezó a acompañar a Zuker a tocar: miraba cómo elegía, cómo conducía la pista y cómo la gente respondía.
Hoy, Balaciano mezcla distintos géneros, toca con vinilos, hace casamientos, fiestas privadas y lleva adelante Quitapenas junto a Zuker. También desarrolla su faceta como productor: desde 2023 lanzó “Tamales” y “Quitapenas”; en 2025 sumó “Ricarda” y “Olodum”, este último junto a Alejandro Veneno.
—¿Cómo empezó Loreto?
—Bueno, yo me crié acá en el barrio desde que nací. Era un barrio muy tranquilo, poco conocido, nada cool como es hoy. Loreto surge de querer hacer algo con la casa que había comprado mi familia en su momento cuando muere Joana, una vecina muy mayor, y que estaba en desuso. Yo era cocinero porque estudié de los 14 a los 17 en la escuela de cocina de Alicia Berger. Creo que fue de las primeras escuelas de cocina del país o de la ciudad; hoy ya no está. Como yo era el cocinero de la familia y ninguna carrera universitaria me llamaba la atención —además de que no me gustaba mucho lo académico—, y ya que había estudiado cocina, nos ponemos junto a mi hermano y en su momento mis hermanas también. Él, con su perfil de arquitecto, hace la remodelación de la casa.
—¿Cómo definís la cocina de Loreto?
—La cocina de Loreto es una cocina con mucho alimento real, muy basada en la nutrición y en el alimento más que en la experiencia culinaria, digamos. Obviamente que tiene parte de las dos cuestiones. Uno viene a Loreto a comer generalmente un plato abundante con mucha verdura, con carne, con arroces, con poco alimento procesado. No utilizamos muchas azúcares ni cosas para flashear; por ejemplo, las cebollas caramelizadas que hacemos solamente tienen cebolla y manteca. Por eso digo que se vuelve al alimento, a que te explote de sabor. A la gente le encanta y vuelve por ese alimento que muchos dicen que es como comer en su casa con cosas que tal vez no se hacen.
—¿Cuál es el plato más pedido?
—El plato más pedido y conocido de Loreto son las milanesas de peceto con el arroz que hacemos nosotros estilo japonés, que es el pegadito, con queso y con crema de espinacas. Después tenemos opciones de un especial del día, todos los días diferente, y tenemos opciones de ensaladas con pollo orgánico, ensaladas de quinoa y langostinos con sabor más tipo peruano o mexicano. Tenemos sin gluten de papa con harina de garbanzo y de mandioca, que salen con ajolio, tomate, albahaca y romesán; son veganos y sin gluten. Hay comida muy simple, estilo como comés en Brasil, que es tipo bifecitos, arroz y ensalada mixta. Tenemos también un plato de un guiso de porotos más caribeño que sale con plátano frito, palta, cebolla, cilantro y arroz. Es una carta variada con poco alimento procesado, poca harina y poca tarta. Hay sándwiches, pero con pan de masa madre que hacemos acá, la focaccia.
—Ahora tienen un horario bastante acotado, ¿no?
—Sí, señor. Y no abrimos los domingos. El lunes tiene que ver con que de toda la vida no abrimos los domingos y me parece que está buenísimo que los empleados puedan tener el domingo, que es el día más importante a nivel familiar y de descanso. Nos iría mejor porque la gente sale más, pero preferimos mantener eso de toda la vida. En cuanto al horario, se acotó en pandemia; antes abríamos de 9 a 19. En pandemia aprendimos que, como éramos pocos empleados, redujimos el horario. Primero éramos mi hermano y yo con algún empleado y después mantuvimos el horario igual porque nos dimos cuenta de que podíamos hacerlo en pocas horas atendiendo bien fuerte. El rush hour se hizo corto e intenso.
—¿Cuándo empezó tu vínculo con la música electrónica?
—A mí me empezó a gustar la música electrónica, que le decíamos “marcha”, cuando tenía 12 o 13 años por un novio de mi hermana que me hacía escuchar todos los tracks del momento. Después me bajaba programitas como el Traktor o el Fruity Loops, que era de secuenciadores. Me lo tomaba como un juego, pero fueron mis primeros acercamientos.
—¿Cómo apareció Zuker en tu vida?
—Fue a los pocos semanas de abrir Loreto; él fue de nuestros primeros clientes. Él empezó a venir y yo le veía una cara conocida hasta que un cliente me dijo: “¿Vos sabés quién es ese?”. Obviamente a mí la música electrónica me gustó desde siempre. No llegué a la época de la terraza de Pachá, tan emblemática que generó él, pero la conocía muy bien de oído y me pareció groso que estuviera acá laburando en la compu, seguramente ordenando música para la radio. También venía cuando se estaba mudando acá a dos cuadras y, como todavía no le habían instalado el Wi-Fi en su casa, venía cuando yo todavía no había abierto y usaba el Wi-Fi de Loreto.
—¿Cómo fue la primera vez que le hablaste?
—Me acuerdo que la primera vez que le hablé me atreví porque en ese momento yo hacía todo: era cajero, cocinero y estaba desde las 8 de la mañana hasta las 8 de la noche. Yo tenía la música del lugar puesta y él estaba con los auriculares; le dije: “Che, si querés bajo la música así no tenés que estar todo el tiempo con los auriculares”. Me dijo que estaba todo bien.
—¿Cómo te influyó Zuker para empezar a tocar?
—Empezamos a pegar buena onda y a los dos nos gustaba mucho la comida, sobre todo el sushi. Íbamos a comer por ahí y también lo acompañaba a tocar a él, lo cual me marcó bastante: desde que íbamos al lugar hasta la cabina. Me encantaba disfrutar de la música que él ponía, siempre se destacó por levantar la pista y la gente lo adora.
—¿Cuándo fue que te empezó a gustar más seriamente?
—Lo más cercano a lo que me llevó a ser DJ es que mi mejor amigo de toda la vida tenía una crew de vinilos que se llamaba Wax and Smoke. Cuando los veía poner vinilos decía: “Wow, esto está buenísimo”.
—¿Vos no escuchabas vinilos todavía?
—No, nunca me había metido al mundo de los vinilos. Pero empiezo a ir a su casa, me muestra discos y veo lo que generan. Generaban toda una conversación entre ellos. Todo eso me encantó. Un día decido comprarme una bandeja de vinilo y un mixer en vez de un preamplificador; me compré el mixer por si un día me “picaba el bicho”. El bicho me picó a las dos semanas. Llamé a Adrián de la Mónica, el que me vendió la bandeja, y le dije: “Dame otra”.
—¿Y ahí empezaste a comprar discos?
—Zuker me regaló los primeros. Empecé a comprar discos. Yo ya quería aprender a mezclar todo. Todavía no sabía mezclar bien, pero vino DJ Way a mi casa y me dijo que respetara la cuadratura. Me quedé practicando y aprendí.
—¿Te acordás cuál fue tu primera fecha?
—No me acuerdo la primera primera, pero sí tengo el recuerdo de Fifí Almacén, un restaurante de Luciano Combi, un cocinero que hacía cocina vegana donde hoy está la heladería Cuono en la calle Nicaragua.
—¿Y cómo estabas de ánimo? ¿Tenías miedo?
—Miedo no tenía porque sabía que era un evento tranquilo donde no tenía que hacer bailar a la gente, sino poner música de fondo. Tenía muy pocos discos, mucho Trip Hop que le había comprado barato a Adrián. No tenía muy clara la música que poner en ese momento. Alguien que me formó mucho musicalmente fue Santi Martínez, DJ y hoy tecladista de Silvestre y La Naranja e Isla de Caras. Él fue siempre mi faro musical; tiene el gusto más interesante y romántico. Todo lo que a él le gusta a mí me gusta.
—¿Qué te costó entender al principio?
—Al principio yo quería poner caprichosamente lo que a mí me gustaba, como Molotov, pero no era para la pista de baile. Lleva tiempo encontrar la música que querés poner; en ese momento no tenía una identidad propia.
—¿De ahí venía eso que posteabas de “No me pidas más música bailable”?
—Al principio yo no sabía que a la gente la música que no conoce no le pega. Necesitan conocerla para que les guste bailar con los amigos. Se acercan a la cabina y te dicen la frase más hiriente: “¿Vas a poner música más bailable?”, cuando uno está poniendo lo que cree que es lo más bailable. Entendí que llaman “bailable” a la música conocida y comercial. Nunca me tomo mal lo que me vienen a decir; me parece información valorable. Si veo que la persona es cuerda, lo tomo como parámetro para cambiar el rumbo del set.
—¿Cómo definirías tu estilo si tuvieras que venderte para un evento?
—Me cuesta mucho y la sufro porque nunca sé bien qué decir. Para eso está mi manager. Creo que aporto libertad, sorpresa y mantengo la energía. No tengo miedo a ser un poco disruptivo o poner un género que no suele sonar si veo que a la gente le puede gustar. No me gusta dar lo que todos esperan recibir porque es lo que está pasando en el momento; por eso no me gusta el cachengue que ponen en un boliche hoy, porque no tiene curaduría.
—¿Te gustan DJs más mainstream como Solomun o Boris Brejcha?
—Boris Brejcha no. Solomun me gusta, sobre todo cuando lo vi en situaciones de poquita gente, en Afters para 200 o 500 personas. No soy tanto de lo masivo. Mi DJ favorito es Ricardo Villalobos. Respeto mucho a Richie Hawtin, pero hoy en día no te bailo Minimal Techno. Yo como consumidor vengo del mundo del Psychedelic Trance; a los 15 años iba a fiestas en el Planetario o en quintas.
—¿Grabás tus sets?
—Poco. No sé si me gusta que queden grabados; me gusta que sea algo que se vivió ahí. Poner cámaras o grabadoras lo siento como un acto de egocentrismo. La única vez que hice algo fue llamar a un amigo para que hiciera video en Deseo, cuando cerré después de Nicola Cruz. Esa era una fecha importante. Extraño el mundo analógico, anterior a las redes sociales. A veces me arrepiento de no grabar cuando me piden un set para contratarme, pero no me gusta el acto de decir “voy a grabar”. Además, cuando me grabo no me gusta cómo suena.
—¿Hay algo grabado que te represente?
—El set de “24 horas”. Son 24 DJs nacionales que tocan en vivo durante 24 horas, una hora cada uno. Quedó grabado en YouTube y me representa bastante.
—¿Cómo te manejás hoy por hoy?
—No voy a abrir nunca más tarde en el restaurante porque de noche trabajo. Es como una dualidad entre mi trabajo de chef y de DJ.
—Hacés muchos eventos privados también, ¿no?
—Hago muchos casamientos. Tengo mi “modo casamiento” o mi “modo cumple de 40”. Hablo antes con la persona y vemos el estilo: a veces va con cachengue, a veces sin. En casamientos uso tanto vinilo como CDJ con pendrive. Me gusta rescatar todo de la música y disfruto de poner un tema aunque no lo escuche en mi casa, por lo que genera en la gente.
—¿Qué diferencia hay entre un casamiento y una fiesta como Quitapenas en cuanto a la música?
—En los dos hay improvisación. Me armo carpetas de 300 temas y termino poniendo 100. En vinilos llevo 100 discos y pongo 40. Siempre hay una preparación previa pero voy viendo según la pista. A veces practico alguna mezcla loca; una vez en Deseo quise mezclar música siria de Omar Souleyman con Progressive. Me saltó la púa y me quedó cruzado. Soy muy autoexigente con esos errores técnicos.
