En la era de los grandes modelos de lenguaje como ChatGPT y Gemini, el exceso de textos sintéticos amenaza con homogeneizar la cultura, desplazar las voces marginales y convertir la lectura en una tarea de curaduría constante.
Durante mucho tiempo pensamos que el desafío cultural acuciante era publicar más libros, democratizar la escritura y ampliar las voces para que hubiera más cosas para leer y que éstas fueran más accesibles. Hoy, en cambio, nos enfrentamos al problema contrario: estamos rodeados de textos sintéticos que, además de crear un ruido caótico, están dejando afuera lo diferente y nos condenan a ser cansados curadores de lo humano.
Durante siglos, incluso en los momentos de mayor sistematización del conocimiento y de presencia de estilos o tradiciones muy marcadas, una característica de la cultura occidental fue que siempre persistían artistas o corrientes que no encajaban del todo, que se salían de la norma y exploraban temáticas y técnicas dejadas de lado. Así, en la realidad ordenada por algoritmos que nos tocó vivir, el peligro es que los textos producidos por plataformas, que no arriesgan nada y se parecen a lo anterior, triunfen y se vuelvan la norma. Sería un monopolio de lo mainstream, que elimina por completo lo marginal y disonante.
Tal como señala el catedrático alemán Leif Weatherby en su libro Language Machines, los modelos de lenguaje masivos como ChatGPT y Gemini son los responsables de esta homogeneización totalizadora, ya que no solo organizan la información existente, sino que la expanden, la rellenan y la completan. Esto se da porque, para ponerlo en términos simples, es una tecnología que no sabe callarse y siempre tiene algo para decir. Lo que antes era duda o incertidumbre, hoy es puro texto y respuesta automática, debido a que el objetivo de estos sistemas es mantener nuestra atención y sostener una fluidez que simula ser interés por nuestras consultas o preguntas.
Sin embargo, el lenguaje humano siempre estuvo atravesado por titubeos, ambigüedades e indecisión, incluyendo zonas de sombras y hasta cuotas de confusión. Hablar o escribir implica que se puede estar equivocado o que una idea puede ser completada, dejando un margen para corregirse, mejorar o empezar algo completamente nuevo. Entre textos hechos con inteligencia artificial (presentes en las redes sociales, los medios de comunicación, los correos electrónicos de la oficina y hasta mensajes personales), la lectura comenzó a volverse también una tarea de filtrado.
De acuerdo con Weatherby, el lector contemporáneo ya no busca solo entender un texto, sino evaluar su densidad, su origen, su intención, preguntándose si esto fue pensado o simplemente generado. Esta nueva tarea de curador le suma exigencia a una labor ya de por sí difícil en tiempos de poca atención. Cuando no se puede confiar plenamente en lo que se lee, desarrollamos una resistencia casi defensiva frente al lenguaje y a los textos, que poco a poco pierden su singularidad y nos dejan de atraer. Así, la falta de textos disonantes, desde la forma o el contenido, condena a la cultura a una planicie que amenaza no solo el deseo mismo de leer sino la posibilidad de tener nuevas ideas y soluciones.
