Fernando Tarapow, ex capitán de corbeta, abogado y profesor universitario, protege el ecosistema antártico tras sentir un «llamado» que transformó su vida.
«Nunca imaginé que me convertiría en un ambientalista antártico. Pero una vez que escuchás ese llamado, ya no podés mirar para otro lado. Cuando me preguntan cómo entenderlo, siempre digo lo mismo: ‘andá a la Antártida, contempla en silencio y cuando escuches al silencio gritar, ahí me vas a entender'», relata Fernando Tarapow.
La primera vez que pisó la Antártida, no era el hombre que es hoy. Era un joven capitán de corbeta de la Armada Argentina, con 40 años, una carrera prometedora y el corazón partido entre el deber y su familia. Casado, con dos hijos pequeños, Nikolay de 3 años y Ekaterina de 1, pensaba en ellos a cada instante. «Mi vida estaba profundamente marcada por la vocación de servicio. Venía de una familia de marinos: mi padre y mis dos hermanos mayores lo eran. La guerra de las Malvinas inclinó mi destino hacia el mar. Mi horizonte era claro: seguir en la Armada, crecer, cumplir, servir. Pero la Antártida tenía otros planes para mí», dice.
En su primer viaje, durante la Campaña de Verano 2006-2007, fue capitán al mando del Buque Oceanográfico ARA «Puerto Deseado». En el temido Pasaje de Drake enfrentaron mares desafiantes. Su misión principal fue realizar batimetría para la COPLA, determinando el FOS 48 en el espolón de Tierra del Fuego, un hito que años después amplió los derechos soberanos argentinos sobre 2.500 km² de plataforma continental, reflejado en la Ley 27.557 de 2020. Además, brindaron apoyo logístico a bases antárticas y acompañaron a investigadores. En ese momento, como estudiante de Derecho, no imaginaba el alcance de lo que vivían. Con los años, se recibió de abogado y se convirtió en profesor universitario de Derecho del Mar en la UBA, uniendo sus mundos.
«Lo primero que me impactó fue la sensación de entrar a otro mundo: una mañana soleada con viento, al visualizar las islas Shetland del Sur cubiertas de nieve. Sentí que cruzaba un umbral, dejando atrás lo conocido. La Antártida no competía en belleza; me cambiaba la escala de todo», recuerda. «En ese primer contacto entendí por qué los grandes expedicionarios de la Era Heroica volvían una y otra vez, a pesar de lo inhóspito. Hay algo que te atrae, te interpela, te hace sentir en casa. Me llamó la atención esa combinación única: inmensidad y silencio, desafío y paz, vacío y plenitud al mismo tiempo».
El primer viaje no se definió por la contemplación, sino por la responsabilidad absoluta. Durante 60 días al mando del buque, cada decisión adquiría un peso inmenso. Su vínculo con la naturaleza fue de respeto puro; no había margen para detenerse a observar pingüinos o ballenas. Pero el último día, al partir, sintió algo extraño, como olvidar un equipaje esencial. Supo que debía volver. Pasaron 15 años. Se hizo abogado, profesor de Derecho Antártico en la UBA, y regresó como guía de expedición. «Todo cambió: sentía una conexión total con ese mundo blanco. Paisajes de ensueño, encuentros mágicos con pingüinos y ballenas… parecía perfecto. Pero en uno de esos viajes, en plena euforia, volvió esa inquietud. Mientras yo me iba con el corazón lleno, ellos —el ecosistema entero— se quedaban solos, enfrentando amenazas que el mundo ignora. Fue un golpe al alma», recuerda con emoción.
El calentamiento global desató en Fernando lo que llama el «llamado antártico»: no una voz humana, sino un sentir profundo que lo llevó de observar a conectar de verdad con el continente. Sintió el impacto en el krill, las cadenas alimentarias y cada especie en ese equilibrio frágil; al ponerse en su lugar, surgió una mezcla de injusticia, urgencia y responsabilidad que lo impulsó a defender el silencio urgente de pingüinos y ballenas.
