El neurólogo Facundo Manes sostiene que en diez años el uso excesivo del celular será tan mal visto como fumar, y alerta sobre el impacto de la tecnología en la salud cerebral, la productividad y la equidad social.
Para Facundo Manes, así como durante décadas hubo evidencia de que el cigarrillo dañaba la salud antes de que cambiara la percepción social, hoy ocurre algo similar con el uso excesivo de las pantallas. “Hoy es normal ver a una persona totalmente tomada por el celular. Pero en el futuro eso va a incomodar, va a estar mal visto”, planteó el neurólogo en la previa del 2nd Meeting of the International Alliance on Brain Health, que se realiza en la sede central de Ineco, en Buenos Aires.
Detrás de esa frase hay una preocupación por el impacto que la tecnología ya está teniendo sobre funciones clave como la atención, la memoria y la regulación emocional. Y, sobre todo, una idea que atraviesa toda su mirada: en la era de la inteligencia artificial, el verdadero desafío no es tecnológico, sino humano.
El encuentro —organizado junto a la comisión de The Lancet— reúne a referentes internacionales para discutir el rol de la salud cerebral en el desarrollo. Manes organizó un cóctel con empresarios y personas destacadas de diversos ámbitos con un objetivo claro: traducir esa discusión a quienes definen inversiones y prioridades. “Mi desafío era cómo bajar todo lo que iba a pasar en el congreso, que es muy específico, a la gente que puede influir. Porque esto no es solo un tema médico: es un tema de productividad, de desarrollo”, explicó.
En ese contexto, planteó una de sus ideas centrales: antes del capital humano, hay algo previo. “Los economistas hablan de educación, habilidades, experiencia. Pero la pregunta es cuál es la estructura que permite eso. Si estamos estresados, si no dormimos bien, si estamos deprimidos o ansiosos, ¿qué capital humano podés construir? Esto es precapital humano: si no tenemos cerebro para aprender, no hay capital humano posible”, sostuvo.
Según datos que atraviesan el congreso, una de cada tres personas en el mundo tiene algún trastorno cerebral y estas enfermedades representan cerca del 24% de la carga global de enfermedad. Pero el punto de Manes no se limita a la enfermedad. Apunta también a las capacidades que, en la nueva etapa tecnológica, van a marcar la diferencia. “Hay funciones humanas que ya están siendo reemplazadas por inteligencia artificial, sobre todo las automáticas. Pero tenemos que enfocarnos en la resiliencia, la compasión, la creatividad, la curiosidad, la flexibilidad cognitiva. Para eso tenemos que estar bien. Si estamos deprimidos, ansiosos, quemados o dormimos mal, no vamos a poder desarrollar esas habilidades”, planteó.
Lejos de una mirada apocalíptica, su lectura sobre la inteligencia artificial es más exigente que alarmista. Reconoce su potencia, pero marca límites claros: “La inteligencia artificial analiza grandes patrones de datos y en muchas cosas ya es mejor. Pero no decide como los humanos. Nosotros decidimos con el cuerpo, con las emociones, con experiencias previas, con el contexto. Tenemos un sistema automático y otro racional. La inteligencia artificial decide, pero no de esa manera”.
Lo mismo ocurre con la creatividad. “Para que haya un momento eureka necesitás preparación, obsesión con un problema y después no hacer nada. Cuando el cerebro no hace nada hay redes que se activan, como la red de reposo. Eso no lo hace la inteligencia artificial. Crea, pero crea de otra forma”, agregó. De esa diferencia surge una de sus definiciones más llamativas: “Paradójicamente, la inteligencia artificial nos va a volver más humanos”.
Para Manes, el avance tecnológico va a desplazar lo automático y revalorizar aquello que no puede ser replicado: “Vamos a volver a la curiosidad, a escucharnos, a mirarnos, a estar presentes. El ser humano no va a cambiar en lo esencial: queremos amar, soñar, pertenecer”. Pero ese escenario tiene una condición: que el cerebro esté en condiciones de sostenerlo. “A mí no me preocupa la inteligencia artificial como expansión del cerebro. Me preocupa que el cerebro se agote para regularla”, advirtió.
Ahí aparece otro de los conceptos clave de su planteo: el “impuesto cognitivo”. “La pobreza produce un impuesto cognitivo. Y no hablo solo de nutrición. Un chico necesita que le hablen, que lo estimulen, que tenga un entorno afectivo y cognitivo. Si eso no ocurre, hay un impacto en las funciones cognitivas y emocionales antes incluso de llegar a la escuela”, explicó. En ese punto, la discusión deja de ser individual y pasa a ser estructural. “No puede haber meritocracia en un país donde el 60% de los chicos no sale del mismo escalón”, advirtió.
El impacto también es económico. “Una empresa de 10.000 empleados puede perder millones de dólares porque la gente está quemada, duerme mal o está ansiosa. Imaginate lo que deja de ganar un país si su gente no está mentalmente bien. Esto ya no es solo salud: es productividad y desarrollo”, concluyó.
