El país asiático ha recuperado su papel como referente mundial en desarrollo científico y tecnológico, impulsado por políticas de Estado, inversión masiva y un sistema educativo especializado.
China ha transitado un camino histórico que la llevó de ser la principal potencia tecnológica del mundo a un período de estancamiento relativo, para luego recuperar su liderazgo en innovación durante las últimas décadas. Este proceso de transformación es analizado por historiadores y economistas.
Durante siglos, China fue pionera en inventos fundamentales como la pólvora, la imprenta y la brújula. Sin embargo, entre los siglos XVI y XVIII, durante las dinastías Ming y Qing, el país experimentó lo que los académicos denominan la ‘Gran Divergencia’, perdiendo su ventaja tecnológica frente a Europa.
Según el historiador económico Joel Mokyr, mientras Europa fomentaba una ‘ilustración industrial’ centrada en el conocimiento útil, China priorizaba la estabilidad interna y la agricultura. Kenneth Pomeranz, de la Universidad de Chicago, desarrolla este concepto en su obra ‘La gran divergencia’ (2017), intentando responder a la famosa ‘Pregunta de Needham’: ¿por qué China, siendo líder tecnológico durante siglos, no originó la Revolución Científica?
Las explicaciones apuntan a múltiples factores: una población masiva que proporcionaba mano de obra barata, un sistema de exámenes que canalizaba a las mentes más brillantes hacia la burocracia estatal, y corrientes filosóficas que relegaban las matemáticas y la tecnología.
La situación cambió radicalmente a partir de 1978 con las reformas de Deng Xiaoping y las ‘Cuatro Modernizaciones’, que incluyeron la apertura al libre comercio y el desarrollo prioritario de la ciencia y la tecnología. Actualmente, bajo la administración de Xi Jinping, China busca restablecer su posición global mediante un ambicioso proyecto de desarrollo tecnocientífico.
Este esfuerzo se sustenta en tres pilares: inversiones estatales masivas en investigación y desarrollo, libertad para la investigación científica, y una rápida transferencia de los descubrimientos al sector productivo. El sistema educativo, orientado hacia las matemáticas, la ingeniería y las ciencias, produce más graduados en estas áreas que Estados Unidos y Japón combinados.
El ejemplo más emblemático de esta transformación es Shenzhen. De ser un conjunto de aldeas de pescadores en 1979, se ha convertido en una megaciudad de más de 17 millones de habitantes y el principal centro tecnológico de China, sede de empresas como Huawei y DJI, líder mundial en drones.
Algunos analistas señalan que Shenzhen representa hoy el nuevo epicentro global de innovación en robótica e inteligencia artificial, desplazando el foco que tradicionalmente había estado en Silicon Valley. Las empresas chinas no solo desarrollan prototipos, sino que comercializan robots humanoides con IA y aspiran a masificar los robots domésticos.
