La crítica de arte Rosalind Krauss aborda el concepto de originalidad en la vanguardia en su ensayo ‘La originalidad de la vanguardia’, donde examina las ideas de Auguste Rodin, Filippo Tommaso Marinetti y Constantin Brancusi.
La crítica de arte Rosalind Krauss define la originalidad de la vanguardia en su ensayo La originalidad de la vanguardia como “más que esa suerte de revuelta contra la tradición que se transparenta en el Make It New de Ezra Pound o en las exhortaciones futuristas para destruir los museos”. Según Krauss, no se trata de un mero rechazo del pasado.
El ensayo comienza con Auguste Rodin y la polémica reproducción póstuma de las Puertas del Infierno, un vacío legal que Krauss utiliza para definir la originalidad de vanguardia como un nacimiento desde la nada, un reclamo de pureza radical.
Para sustentar esta ficción de origen, la vanguardia sitúa al yo en el centro del problema. El caso de Filippo Tommaso Marinetti, quien se autoengendró al salir ileso después de ser eyectado tras volcar su automóvil a gran velocidad en 1908, es un ejemplo. Marinetti se levantó del barro en la zanja y decretó que aquello no había sido un accidente vial, sino un bautismo estético. Una forma de sacudirse el polvo de los museos para nacer como hombre-máquina, purificado por la rapidez y el trauma tecnológico. El origen ya no es una herencia lineal, sino un choque violento que exige enterrar el pasado para que el presente tenga lugar.
Bajo esa premisa, Constantin Brancusi sentenciaba: “Desde que no somos más niños, ya estamos muertos”. Una frase que interesa por esa síntesis vanguardista: hacerse a sí mismo y prescindir del pasado, una acción que anula la madurez institucional. En 1907, tras trabajar apenas un mes con Rodin, Brancusi rechazó su oferta de formar parte de su taller: «A la sombra de una gran encina no pueden crecer los arbustos jóvenes». Con El Beso (1907), sella su desvío definitivo. Frente al modelado fluido y teatral de Rodin, opone la talla directa sobre piedra caliza y una rigidez geométrica elemental. Los amantes no emergen de la materia; la materia es el límite absoluto de su unión. En esa sustracción, Brancusi no solo clausura a su maestro, sino que inaugura la superficie literal que define la escultura moderna.
