El proyecto NATF, que buscaba reemplazar al F-14 Tomcat, preveía 618 aeronaves y un costo de adquisición de 66.100 millones de dólares. La adaptación del Raptor a portaaviones exigía refuerzos estructurales y el fin de la Guerra Fría redujo su financiamiento. Finalmente se desarrolló el F/A-18E/F Super Hornet por 3.300 millones de dólares.
La Armada de Estados Unidos estudió una versión naval del F-22 Raptor, caza de la Fuerza Aérea, en el marco del programa Naval Advanced Tactical Fighter (NATF), destinado a reemplazar al F-14 Tomcat y operar desde portaaviones.
En marzo de 1990, la estimación de adquisición del NATF alcanzó los 66.100 millones de dólares para una flota prevista de 618 aeronaves. La cifra incluía 8.500 millones para desarrollo y 57.600 millones para la compra de los aviones.
La propuesta no se convirtió en un avión operativo. La adaptación a las condiciones de los portaaviones requería cambios estructurales importantes, mientras el final de la Guerra Fría reducía la justificación para financiar un programa de esa magnitud.
Como alternativa, se desarrolló el F/A-18E/F Super Hornet, cuyo costo de desarrollo se estimó en 3.300 millones de dólares. La aeronave ocupó el lugar previsto para el sucesor del Tomcat.
Requisitos técnicos para operar desde portaaviones
Adaptar el Raptor para operar desde un portaaviones implicaba modificaciones que excedían el tren de aterrizaje. Los aviones embarcados deben soportar aterrizajes mediante cables de frenado. Según el medio estadounidense 19fortyfive.com, la desaceleración durante un aterrizaje detenido puede ser 24 veces mayor que la de una aeronave que aterriza en una pista convencional.
El impacto vertical supera en más de tres veces al de un aterrizaje terrestre. Por ello, la estructura y el tren de aterrizaje debían reforzarse, con un incremento estimado de 4.000 libras en el peso vacío del avión.
La Armada también estableció límites operativos: el peso máximo de despegue debía alcanzar las 65.000 libras, mientras que el peso durante el aterrizaje no podía superar las 52.000. Las dimensiones debían permitir que dos aeronaves entraran en un ascensor de 70 por 52 pies.
El programa no llegó al prototipo
En 1988, la Armada había financiado equipos para definir los requisitos de una versión naval del caza. Sin embargo, el NATF nunca alcanzó la etapa de construcción de un prototipo. El proyecto quedó condicionado por la complejidad técnica y los costos de desarrollar una aeronave específica para operaciones embarcadas.
Los registros presupuestarios reflejaron ese retroceso. En 1991, el programa recibió una partida de 65,7 millones de dólares, pero las solicitudes presupuestarias para 1992 y 1993 se redujeron a cero. La iniciativa quedó suspendida antes de que pudiera probarse un F-22 desde un portaaviones.
La misión principal del NATF era defender la flota frente a bombarderos soviéticos capaces de lanzar misiles de crucero. Para cumplirla, el avión necesitaba autonomía, combustible, sensores y armamento adecuados para interceptar amenazas a distancia.
El Super Hornet reemplazó al Tomcat
La Armada optó por el F/A-18E/F Super Hornet, cuyo desarrollo tuvo un costo no recurrente estimado en 3.300 millones de dólares. La aeronave entró en servicio en 1999 y reemplazó al F-14 Tomcat, retirado en 2006.
El F-22 Raptor nunca realizó un lanzamiento mediante catapulta ni un aterrizaje con cables de frenado en el mar. La versión naval quedó en estudios y estimaciones, mientras el Super Hornet se convirtió en una pieza central de la aviación embarcada de Estados Unidos.
