Cerca del 80% de los habitantes de la Ciudad de Buenos Aires vive en departamentos, según datos estimados. La convivencia en edificios expone a los residentes a sonidos de actividades cotidianas de vecinos, desde práctica de instrumentos hasta conversaciones y ruidos domésticos.
Lo primero que pienso cuando me desvelo, algo que ocurre a menudo, es que debe pasar en todos lados. Me refiero a esas conversaciones, risas, sonidos de pasos y de corrimiento de muebles que nos llegan desde los departamentos colindantes. Una especie de sinfonía nocturna que nuestros vecinos interpretan cada noche, con una instrumentación más o menos estable y una partitura siempre cambiante. Y que nosotros también, involuntariamente, tocamos para ellos.
Cerca del 80% de los habitantes de la Ciudad de Buenos Aires, es decir, unas 2,4 millones de personas, vive en departamentos. Algunos habrán vivido en casas, donde los ruidos provienen de integrantes de la propia familia, padres, hermanos, tíos y abuelas cuyas rutinas, costumbres y hobbies casi todos conocemos, al menos en parte. Pero en los edificios somos, en gran medida, extraños apilados por el azar inmobiliario en cajas de yeso y concreto. Desconocidos en situación de “hola” y “chau” que a veces, gracias a paredes demasiado delgadas, terminan sabiendo algo más de la vida del otro.
En mi edificio, el primer movimiento de esa sinfonía nocturna arranca al anochecer. Comienza, no sin ironía, de forma académica: con el sonido de un violín que proviene del piso de arriba y que una de mis vecinas –de esas que conocen en detalle qué hace cada uno de nosotros con su vida– atribuye a una mujer joven que integra una orquesta policial. Una vez que termina su práctica, justo cuando uno empieza a preparar la cena, llega el turno de la percusión: su hijo pequeño –de cuya existencia me enteré por la misma vecina chismosa– corre de un lado a otro de la casa con un trote furioso.
El segundo movimiento –lento, sostenuto– empieza cuando se sirve la comida. Son una o dos horas en las que imagino que todos estamos más o menos haciendo lo mismo: sentados alrededor de una mesa, charlando en tono calmo sobre los sucesos del día mientras un capítulo de alguna serie se reproduce en la tele. Casi nada se escucha por encima de nuestras propias voces durante un buen rato, hasta que llega la hora en que me acuesto a leer antes de dormir. Es entonces cuando el vecino de al lado, con cuyo baño compartimos una de las paredes, abre la ducha. Son baños largos, calculo, porque el sonido del agua sigue hasta pasada la medianoche, cuando mi mujer, además de los perros y gatos con los que compartimos nuestra vida, ya duermen.
El tercer movimiento –¿scherzo?– sucede tarde, pasada la una de la mañana. Yo sigo despierto, leyendo a oscuras en la Kindle, con la vana esperanza de que la lectura mantenga a raya los pensamientos intrusivos. Es a esa hora cuando aparece la voz de otro vecino –tal vez sea el de la ducha larga, aunque no creo–, que comienza a gritar, feliz y exaltado, contra una persona que no está ahí. Al principio no entendía muy bien qué hacía, hasta que me di cuenta de que debía estar jugando en línea con alguien que vivía en otra franja horaria. Eso explicaría algunas frases –“¡tomá, gil!“, “¡mirá, boludo!”, ¡nooo, hijo de p…!“– que chilla hasta que se le quiebra la voz. Más cerca del fin de semana, se le suma otro muchacho de un edificio vecino que hace karaoke. En esas madrugadas suele interpretar versiones desafortunadas de algunos himnos del rock, como “Crazy Train” y “Black Hole Sun” que el aire nocturno me trae con una nitidez indeseable
El último movimiento, como tantas cosas en la vida, empieza bien y termina mal. Comienza cuando finalmente me voy a dormir, bien entrada la madrugada. Durante un rato, soy feliz: el sueño me protege de los ruidos ajenos. Pero entonces la sinfonía desemboca en un fortissimo desagradable: la alarma de mi propio celular. Es hora de levantarse. Mientras tomo café, desde una ventana me llegan bocinas, martillos neumáticos y los gritos de los albañiles de una obra cercana. La mañana afina los instrumentos de un nuevo día.
