martes, 6 octubre, 2026
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Cuestionan el uso del test ADOS-2 como diagnóstico único de autismo en niños

Un análisis profesional advierte sobre la velocidad con que se etiqueta a los niños con autismo y la necesidad de una evaluación clínica integral que contemple sueño, alimentación, lenguaje y otros factores.

En los últimos años se observa un aumento en la frecuencia con que la palabra autismo aparece en la vida de un niño. Un análisis profesional señala que preocupa la velocidad con que se llega a una etiqueta, el uso de herramientas estandarizadas como si fueran una sentencia, la falta de una evaluación médica integral y las consecuencias posteriores: una familia recibe un diagnóstico y, en semanas, el niño puede quedar inserto en una agenda de terapias, tratamientos, suplementos y dietas.

El test ADOS-2 (Escala de Observación para el Diagnóstico del Autismo), publicado en 2012, puede ser una herramienta útil dentro de una evaluación clínica más amplia. El cuestionamiento se centra en que se lo utilice como si pudiera explicar por sí solo a un niño condicionado por su sueño, alimentación, escuela, vínculos, historia médica, pantallas, estrés y desarrollo.

El texto sostiene que ningún test aislado reemplaza el razonamiento clínico y que ningún puntaje debería clausurar la pregunta sobre por qué el niño se comporta de determinada manera. Cuando una familia escucha tempranamente la palabra autismo, muchos comportamientos comienzan a interpretarse desde esa etiqueta: si no responde, si duerme mal, si tiene crisis o si no aprende, todo se atribuye al autismo, lo que puede llevar a dejar de investigar otras causas.

También se menciona el estrés de los padres, que sienten la obligación de actuar de inmediato e iniciar todas las terapias posibles. Sin embargo, el análisis indica que en muchos casos existe una explicación lógica que debe buscarse: problemas de sueño, trastornos del lenguaje, epilepsia, condiciones genéticas, dificultades auditivas, discapacidad intelectual, ansiedad o problemas médicos pueden modificar la interpretación del cuadro. La conducta es un dato, no siempre la causa.

Uno de los errores más observados, según el texto, es sumar tratamientos sin evaluar primero el perfil biológico y funcional. Un niño que duerme mal y está agotado puede presentar irritabilidad y desorganización; en lugar de investigar el sueño, se agregan horas de terapia. Si además se indica medicación sedante, el cuadro puede volverse más difícil de interpretar. Así, cada nuevo síntoma puede generar una nueva intervención y la infancia se transforma en una cadena de tratamientos.

Por eso se insiste en el diagnóstico diferencial, que no significa negar el autismo sino estudiar al niño de manera completa: qué puede hacer, qué no, cómo se comunica, cómo duerme, cómo come, qué antecedentes tiene, cómo aprende y qué factores del entorno lo ayudan o desorganizan. Se requiere una mirada funcional, incluida la metodología SMART, para traducir observaciones en objetivos concretos, pero esa evaluación debe convivir con la búsqueda clínica y biológica de las causas.

Un mismo fenotipo conductual puede tener caminos diferentes detrás. Dos niños pueden parecerse exteriormente y necesitar evaluaciones distintas. Cuando se deja de preguntar por qué un niño hace lo que hace y simplemente se dice «es autismo», se puede cerrar prematuramente una investigación que recién debería comenzar.

El texto también menciona los incentivos que rodean al diagnóstico. Alrededor de una etiqueta pueden aparecer evaluaciones, múltiples terapias, acompañamientos, suplementos, cursos y tratamientos. No todo es innecesario ni todo profesional actúa por interés económico, pero el sistema puede favorecer la acumulación de prestaciones antes que la revisión periódica de si realmente ayudan. Más horas no siempre significan mejor atención; más intervenciones no siempre significan mejor pronóstico.

A los padres se les sugiere pedir una segunda opinión, lo que no significa negar las dificultades del hijo sino comprenderlas mejor. Un diagnóstico debería abrir preguntas, no cerrarlas; orientar una investigación, no reemplazarla; y servir para que el niño reciba exactamente lo que necesita, no todo lo que existe.

El análisis concluye que el verdadero desafío del neurodesarrollo hoy no es poner nombres cada vez más rápido, sino volver a mirar al niño antes que a la etiqueta. Cuando el diagnóstico se convierte en el punto final, se deja de hacer medicina. En neurodesarrollo, muchas veces el diagnóstico debería ser apenas el comienzo.

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