Albert Gaja lleva once años trabajando como sepulturero en un cementerio de Tordera. En esta entrevista, describe las tareas cotidianas de su oficio, los procedimientos para preparar nichos y exhumar restos, y los casos en que los cuerpos se momifican por la acción del sol.
Albert Gaja, de 31 años, trabaja como sepulturero en el cementerio de Tordera (Barcelona) desde hace once años. Comenzó en el oficio a los 20, después de que su padre rechazara una oportunidad laboral en el sector funerario. En una entrevista con El Tribuno Nacional, Gaja explicó las tareas que realiza a diario y los procedimientos que se llevan a cabo en el cementerio.
Según Gaja, su trabajo incluye la preparación de nichos, la realización de entierros y el mantenimiento de lápidas. Un día antes de un entierro en un nicho donde ya hay restos de otros familiares, el equipo reduce el féretro anterior, coloca los huesos en un sudario y los ubica al fondo o a un lado del nicho, según el espacio disponible. La madera del féretro se deposita en un contenedor especial para su posterior incineración.
El sepulturero señaló que la formación se adquiere principalmente con la práctica. “Se aprende sobre todo trabajando”, afirmó, y agregó que no proviene de un oficio similar. También destacó que el trabajo se realiza frente a las familias, que pueden estar compuestas por 50, 100 o más personas. “Están en silencio, te observan, la gente llora… Es complicado, porque no estás haciendo un trabajo cualquiera”, sostuvo.
Gaja recordó su primer entierro, ocurrido en Tordera. “Al principio siempre vas con un compañero que ya sabe y normalmente solo miras. En el primer entierro, el segundo, el tercero o el cuarto vas observando, y como mucho ayudas a hacer el cemento, pero aun así te quedas un poco en shock”, declaró.
Consultado sobre la habituación a la muerte, Gaja dijo que “te acabas acostumbrando porque te haces fuerte, no te queda otra”, pero reconoció que las muertes de jóvenes o por causas inesperadas generan un impacto mayor. “Si un chico de 15 años muere en un accidente, no es lo mismo que una persona que ha fallecido por edad o por una causa natural”, explicó.
En cuanto a los aspectos más difíciles del oficio, Gaja señaló que la parte física es exigente, pero lo más duro es lo psicológico. “Puedes venir aquí muy fuerte y, aun así, no aguantar. Hay gente que ha empezado y lo ha dejado porque no podía”, afirmó.
Sobre las exhumaciones, Gaja indicó que son procedimientos delicados. “Hay familias que vienen a verlo y otras que no. La mayoría no viene, pero quizá un 20% sí quiere estar presente”, dijo. En todos los casos, “se tiene que hacer igual y con el mismo cuidado, porque ahí dentro hay una persona”.
Al abrir un nicho después de varios años, Gaja explicó que el féretro suele permanecer en el interior, aunque su estado depende del tipo de madera y de las condiciones del nicho. En algunos casos, aparecen cuerpos momificados. “Cuando al nicho le da mucho sol, el cuerpo que hay dentro se seca y no llega a descomponerse de la misma manera hasta quedar solo los huesos. La piel se queda seca y rígida, y puede conservarse el cuerpo entero de la persona. Se pueden ver los dientes, el pelo, las uñas, la boca… Todo. Es impactante”, relató.
En esos casos, el procedimiento consiste en sacar el féretro, abrirlo y colocar el cuerpo en un sudario especial de color blanco, similar a los que se utilizan en ambulancias. “Entre dos personas se coge el cuerpo momificado, se coloca dentro del sudario y se cierra”, detalló.
Finalmente, Gaja reflexionó sobre cómo su trabajo modificó su percepción de la vida y la muerte. “A veces pienso que la vida es más intensa de lo que creemos. Ves a deportistas, a gente joven, a personas de todo tipo, y al final todos acaban en el mismo sitio. Entonces, tras tantos años en esto, entiendes que te vas a morir y que en cualquier momento puede pasar cualquier cosa”, concluyó.
