sábado, 2 mayo, 2026
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La payada: duelo de guitarras, palabra y verso

La payada, forma de poesía oral improvisada y cantada, es una tradición que persiste desde los pastores griegos hasta los payadores contemporáneos en Argentina.

La payada es una forma de poesía oral improvisada y cantada. Desde los pastores griegos hasta los trovadores provenzales, desde los romancistas españoles hasta los pueblos originarios de América, la improvisación persiste, movida por la emoción de algún suceso. La payada es un duelo de dos espadas que, en vez de lastimarse, se iluminan. Con frecuencia se realiza en forma de contrapunto: dos hombres se enfrentan con sus guitarras (en un momento fueron charangos, vihuelas y tiples), hilando versos en el instante, respondiéndose en un duelo de palabras donde la rapidez mental, la sensibilidad y la afinación alcanzan su plenitud. Generalmente se canta en décimas, una forma heredada de la tradición española —la llamada décima espinela, en honor al poeta Vicente Espinel— que llegó a América con los colonizadores y se mezcló con lo criollo hasta adquirir un pulso propio.

El primer payador rioplatense registrado por la historia es un soldado que luchó contra las Invasiones Inglesas (1806-1807): Simón Méndez, alias Guasquita. La payada no es un género aprendido en libros. Nace en la oralidad, en el oído y en la práctica viva. Se aprende escuchando, innovando, intuyendo, equivocándose y volviendo a intentar. Su origen, como toda tradición viva, es un entrecruzamiento. Por un lado, las raíces hispánicas: juglares, trovadores y cantores populares que recorrían pueblos llevando noticias y relatos en verso. Por otro, la experiencia americana: la inmensidad de la pampa, la vida errante del gaucho, la distancia de las ciudades, la necesidad de la palabra como compañía.

En ese cruce se fue gestando la figura del payador, ese hombre que no solo canta, sino que piensa cantando. La payada se filtró como el agua en la tierra y en cada rincón brotó con un acento distinto, aunque con la misma raíz. El gaucho fue su portador. No porque la inventara, sino porque la encarnó. El gaucho y la payada son inseparables. El primero, figura compleja y a veces idealizada, fue durante siglos el habitante libre —o marginal— de la pampa. Su cultura no era escrita: se transmitía de manera oral. Allí la payada encontraba su verdadero imperio.

En las pulperías, en los fogones, en las fiestas rurales, la payada era entretenimiento y también una forma de identidad. El gaucho, muchas veces sin acceso a la educación formal, encontraba en la improvisación un modo de expresar su inteligencia, su filosofía de vida y su mirada sobre el mundo. No se trataba solo de rimar, sino de sostener una idea, defender una posición, responder con altura. El silencio del adversario anunciaba la derrota. Había en esos encuentros algo de ritual. La guitarra marcaba el ritmo y avanzaba como una conversación in crescendo. Se hablaba de amor, de política, de religión, de la muerte, del destino; a veces con ironía, otras con solemnidad. El público escuchaba atento, como si en esas palabras se jugara algo más que una competencia: un símbolo de verdad.

No es casual que la literatura argentina haya recogido esta tradición. En el Martín Fierro, de José Hernández, la payada alcanza uno de sus momentos más alegóricos en el célebre enfrentamiento entre Martín Fierro y el Moreno. Allí, Hernández la eleva a un plano casi filosófico, deja de ser un juego de ingenio para convertirse en una forma de discutir el mundo. En ese contrapunto no solo se cruzan versos; se cruzan destinos. La improvisación se vuelve escena literaria, pero conserva su esencia: el desafío, la inteligencia, la tensión entre dos voces que se miden. Ese episodio la convierte en emblema cultural.

La pampa argentina, con su geografía abierta y su tiempo dilatado, es el escenario ideal para la payada. En ese espacio donde la vista no encuentra obstáculos, la palabra tampoco los tiene. El gaucho, acostumbrado a la soledad, encuentra en el canto un modo de diálogo. Y cuando ese diálogo se da con otro, se enciende la chispa del contrapunto. La payada no es solo una huella del pasado. Aunque transformada, sigue viva en festivales, encuentros folklóricos y espacios culturales donde nuevos payadores retoman la tradición. Cambian los temas, se incorporan problemáticas contemporáneas, pero la esencia permanece.

En ese sentido, la payada es también resistencia, una forma de mantener viva una identidad en medio de los cambios. Hay algo profundamente humano en este arte: la necesidad de decir, de responder, de no quedarse callado. En la payada, el lenguaje es adorno y también acción. Cada verso es un paso en una danza oral donde el equilibrio es frágil y la caída, siempre posible. Quizás por eso sigue fascinando. Porque en un mundo donde todo parece premeditado, la payada ofrece el vértigo de lo inmediato. Lo que se dice, se dice ahí, sin red. Y en ese riesgo hay una belleza irrepetible. La pampa, el gaucho y la payada forman una tríada inseparable. El paisaje moldea al hombre, el hombre crea la palabra y la palabra vuelve al paisaje en forma de canto. Así, en algún lugar del campo argentino, cuando cae la tarde y el cielo se vuelve rojo, la tradición continúa.

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