La reciente derrota electoral del primer ministro húngaro reabre el debate sobre el uso de discursos polarizantes como herramienta de construcción de poder y sus consecuencias para la democracia y la convivencia social.
La derrota electoral de Viktor Orbán en Hungría ha generado análisis sobre los límites de las estrategias políticas basadas en la polarización y la construcción de enemigos. Orbán, quien mantuvo el poder durante 17 años, fue un exponente del uso sistemático de mensajes dirigidos contra minorías sexuales, inmigrantes, periodistas y lo que denominaba «élites liberales». Su modelo nacionalista conservador difiere del proyecto político de Javier Milei, aunque ambos líderes han expresado mutuo apoyo.
La derrota de Orbán es vista por algunos sectores de las democracias occidentales como un alivio, al considerar preocupantes las similitudes entre su retórica y la de autoritarismos del pasado. El primer ministro húngaro contó con el respaldo explícito de figuras como Donald Trump, Javier Milei, Marine Le Pen y Santiago Abascal, dirigentes asociados a discursos que enfatizan la división entre un «nosotros» y un «ellos».
Expertos en comunicación política señalan que los discursos basados en el enojo y el miedo suelen movilizar más que los argumentos técnicos, simplifican la complejidad de la realidad al definir culpables y atraen mayor atención mediática. Sin embargo, advierten sobre los altos costos de esta estrategia: puede erosionar la eficiencia del sistema democrático al transformar al adversario en un enemigo a destruir, normalizar la violencia simbólica que puede derivar en real, generar efectos sociales duraderos de deshumanización y obstaculizar el crecimiento económico, el cual requiere acuerdos básicos y respeto institucional.
En el contexto argentino, se observa la utilización de mecanismos retóricos similares, donde figuras como «la casta», «los empresauros» o «el 95% de los periodistas» son señalados como enemigos internos. El debate se centra en hasta qué punto las sociedades están inmunizadas para no repetir tragedias del pasado y cuál es el límite entre el malestar con la democracia y la búsqueda de alternativas que prometen soluciones rápidas.
