Un recorrido por dos experiencias mineras: la mina San José en Chile, donde 33 trabajadores fueron rescatados en 2010, y el Cerro Rico de Potosí, Bolivia, con condiciones laborales descritas por el autor.
El Cerro Rico se eleva en perfecto triángulo hasta alcanzar los 4800 metros sobre la Villa Imperial de Potosí, Bolivia. En sus corredores, Antonio, de 27 años, trabaja en condiciones que, según el relato, lo hacen aparentar 70. Permanece casi treinta horas en un rincón estrecho del corredor minero, sin comida y con apenas una botellita de agua.
La excursión al Cerro Rico se ha difundido entre visitantes extranjeros. El tour tiene un costo de 75 pesos bolivianos e incluye guía, traslados, casco con luz, botas y mamelucos plásticos. Durante el recorrido se ofrece alcohol 96° y hojas de coca a la Pachamama, y se inhalan polvos densos que, según el texto, los trabajadores respiran durante años hasta contraer silicosis y cáncer.
Una leyenda difundida en la comunidad sostiene que con las paladas de plata extraídas por los invasores podría haberse construido un puente desde el cerro hasta España; la misma leyenda asegura que con los cadáveres de los fallecidos en su interior, también.
El autor describe su primera experiencia minera en Potosí como «devastadora» y afirma que juró nunca más volver a caminar el simulacro.
La última visita del autor a una mina fue el año pasado en el desierto de Atacama, Chile, el más árido del planeta. A escasos treinta kilómetros al noroeste de Copiapó se encuentra la mina San José.
El 5 de agosto de 2010 un derrumbe sepultó a 720 metros de profundidad a treinta y tres trabajadores de la compañía San Esteban. A los setenta días del encierro, fueron rescatados de a uno en una cápsula diminuta. Jorge Galleguillos fue el número once del total de rescatados, en la que es considerada la mayor hazaña en la historia universal de la minería.
Apagadas las cámaras y el fervor inicial, la mayoría de sus colegas desconectaron, según el relato, sucumbieron acaso al gozo de las adicciones. Galleguillos quiso administrar la suerte de otra manera.
No solo dedicó años a viajar por el mundo como testimonio de la proeza. Hoy comanda el centro de interpretación, montado en la entrada del complejo, que atesora y exhibe los principales hitos del suceso. Galleguillos se muestra satisfecho. Solo enciende una protesta lúcida contra la película que lo tiene como inspiración, protagonizada por Antonio Banderas: «¿Lluvia en el desierto de esa forma? Habrase visto.»
