Investigaciones académicas analizan los componentes que generan la sensación de conexión en una conversación y desmienten la idea de que las personas con mayor capacidad intelectual están condenadas a la soledad.
Una persona puede pasar el día rodeada de compañeros, intercambiar mensajes con amigos y cenar con su familia y, aun así, terminar con la sensación de no haber conectado realmente con nadie. La cantidad de conversaciones no siempre determina cuánto acompañados nos sentimos.
La psicología estudia desde diferentes perspectivas esta diferencia entre hablar con alguien y sentirse conectado con esa persona. Las investigaciones muestran que la sensación depende de factores como sentirse escuchado, compartir una interpretación de la realidad y percibir interés genuino del interlocutor.
Tener con quién hablar no siempre significa sentirse conectado
Karynna Okabe-Miyamoto, Lisa Walsh, Daniel Ozer y Sonja Lyubomirsky, investigadores de University of California, Riverside y UCLA, analizaron qué ocurre durante una conversación cuando aparece esa sensación de conexión. El trabajo, publicado en Plos One, incluyó tres estudios con cientos de participantes y permitió desarrollar una escala específica para medir la conexión experimentada mientras dos personas conversan.
Los investigadores encontraron que esta experiencia podía relacionarse además con mediciones más generales de soledad y conexión interpersonal.
Las cuatro claves de una conversación que conecta
El equipo identificó cuatro grandes componentes. Uno fue la realidad compartida, es decir, la percepción de que ambas personas comprenden una situación de una manera similar. Otro fue la responsividad: sentir que el interlocutor escucha, entiende y responde a lo que se está diciendo. También aparecieron el interés que despierta la conversación y las emociones experimentadas durante el intercambio.
Por eso, alguien puede mantener numerosas conversaciones cotidianas y continuar sintiéndose desconectado si esos elementos aparecen pocas veces.
Qué ocurre entre adultos con altas capacidades
Una investigación encabezada por Mia Frumau-van Pinxten entrevistó en profundidad a siete adultos jóvenes con altas capacidades. Entre los temas que aparecieron estaba la denominada soledad existencial, relacionada en algunos participantes con la sensación de no ser comprendidos y con dificultades para encontrar ambientes donde sintieran que encajaban.
Pero el tamaño de la investigación obliga a ser cautelosos. Siete entrevistas no permiten concluir que las personas con mayor capacidad intelectual sean necesariamente más solitarias.
Tampoco permiten afirmar que alguien se siente aislado porque sea “más inteligente” que quienes lo rodean.
Pensar mucho no significa estar condenado a la soledad
Otra línea de investigación estudió la llamada necesidad de cognición, que describe la tendencia a disfrutar actividades que requieren reflexión y esfuerzo mental. Los estudios no muestran que disfrutar especialmente de pensar implique inevitablemente menor sociabilidad o mayor soledad.
Una investigación de Petru Curşeu y Jeroen de Jong, realizada durante tres años en Países Bajos, encontró que quienes tenían mayor necesidad de cognición tendían a construir redes sociales ricas en información y más diversas.
La curiosidad intelectual, entonces, también puede impulsar la búsqueda de nuevos interlocutores.
El experimento con conversaciones profundas
Un problema diferente aparece cuando creemos que los demás no quieren mantener conversaciones más personales. Michael Kardas, Amit Kumar y Nicholas Epley realizaron una serie de experimentos en los que personas que no se conocían conversaron sobre temas de diferente profundidad.
Antes de hacerlo, los participantes esperaban que las conversaciones profundas fueran relativamente incómodas y que los desconocidos mostraran menos interés del que finalmente demostraron.
Después del intercambio ocurrió lo contrario: se sintieron más conectados y felices de lo que habían anticipado. Cuando compararon conversaciones superficiales y profundas, estas últimas generaron una mayor sensación de conexión.
Por qué podemos estar subestimando al otro
Los resultados plantean una posibilidad interesante: dos personas pueden permanecer hablando de asuntos superficiales aunque ambas deseen profundizar. Cada una puede estar esperando que la otra dé el primer paso.
Esto no significa que todas las conversaciones deban convertirse en intercambios íntimos ni que compartir intereses sea suficiente para construir una relación. Pero sí cuestiona una conclusión frecuente cuando alguien siente que las conversaciones que lo rodean dejaron de satisfacerlo.
La explicación no tiene por qué ser que se volvió demasiado inteligente para los demás. Puede existir simplemente una diferencia de intereses, una falta de conexión o una expectativa equivocada sobre cuánto está dispuesto el otro a compartir.
A veces, la conversación que parece imposible no necesita un interlocutor diferente. Puede necesitar que alguien se anime a cambiar la primera pregunta.
