El gurú del management Gary Hamel advierte que las empresas caen en la trampa de usar la inteligencia artificial para hacer más rápido lo mismo de siempre, sin repensar sus procesos. Una encuesta de Gallup revela que el 65% de los empleados se siente más productivo con IA, pero solo el 12% dice que transformó su organización.
Gary Hamel, considerado uno de los pensadores de management más influyentes del mundo, lleva más de treinta años advirtiendo a las organizaciones sobre algo que aún no terminan de escuchar. En 1994, junto a C.K. Prahalad, publicó Competing for the Future y diagnosticó el problema central: las empresas son muy eficientes ejecutando estrategias que ya deberían haber abandonado. Décadas después, en su libro Humanocracy (2020), Hamel y su coautor Michele Zanini documentan cómo la burocracia sigue creciendo y que las organizaciones son con frecuencia menos resilientes, creativas y enérgicas que las personas que las habitan.
No hay un problema de ejecución, sino de diseño: muchas compañías están construidas para optimizar lo que existe, no para imaginar lo que debería existir. ¿Cómo juega la irrupción de la inteligencia artificial (IA) en este contexto? Hace un par de semanas, la consultora Gallup publicó su encuesta trimestral sobre el estado de la IA en el trabajo, basada en más de 23.000 respuestas de empleados de Estados Unidos. El 65% de los empleados en organizaciones con IA afirmó que mejoró su productividad individual, pero solo el 12% dijo que la IA transformó la forma en que se trabaja en su organización.
Usamos la IA para resumir correos, generar reportes o redactar presentaciones que ya existían. La reunión sigue siendo la misma reunión. El proceso sigue siendo ese mismo proceso. Lo único que cambió es que ahora se tarda menos en producir aquello que quizás habría que revisar si tiene sentido producir. La mayoría está usando la herramienta más poderosa de nuestra era para hacer lo mismo de siempre, pero más rápido.
La brecha que Gallup documenta —casi 7 de cada 10 personas se siente más productiva y solo 1 de cada 10 dice que en su organización la IA transformó cómo se trabaja— no refleja un problema de velocidad de adopción, sino que es la brecha entre usar la IA para optimizar y usarla para reimaginar. La primera es la que prevalece en la experimentación individual y organizacional hoy: mantiene a los empleados sobrecargados en replicar el statu quo pero “metiéndole” IA, y no permite generar los espacios estratégicos que habiliten un nuevo enfoque, una profunda reingeniería y una discusión honesta sobre un nuevo paradigma organizacional. La segunda es de avance ambiguo, no hay manuales y requiere la habilidad y humildad de hacerse preguntas nuevas: ¿para qué existe este proceso? ¿qué problema resuelve este rol? ¿qué pasaría si este flujo de trabajo no existiera?
Más productivo no siempre es mejor. La eficiencia sin dirección es solo velocidad sin destino. Este momento de quiebre merece que seamos más ambiciosos y creativos.
