En el noreste argentino, los hogares priorizan la adquisición de autos, motos y electrodomésticos, mientras el consumo cotidiano cae y el crédito se vuelve el principal motor del gasto.
Mientras el consumo privado a nivel nacional muestra niveles récord, en el noreste argentino (NEA) el comportamiento de los hogares revela una dinámica distinta: no se trata de un crecimiento homogéneo, sino de una reconfiguración profunda del gasto. Las familias comenzaron a priorizar la compra de bienes durables —como autos, motos y electrodomésticos— en detrimento de los consumos cotidianos.
El fenómeno se explica por una combinación de factores, según destaca un informe elaborado por el Ieral NEA de Fundación Mediterránea. Por un lado, un contexto de inflación más baja y estable redujo la urgencia de adelantar compras en supermercados, una conducta típica de años anteriores. Por otro, el fuerte aumento de los costos fijos —servicios públicos, educación, salud y transporte— obligó a los hogares a redistribuir sus ingresos, dejando menos margen para el consumo masivo.
Los datos muestran un comportamiento dispar. Mientras las ventas de bienes durables registran subas significativas —con incrementos de hasta 95% en motos y entre 15% y 16% en autos y electrodomésticos—, los consumos básicos y algunos servicios presentan caídas que van del 9% al 32%.
En términos relativos, los precios de los bienes vinculados al hogar crecieron por debajo del promedio general, mientras que los costos asociados a la vida cotidiana —como energía, educación y comunicación— aumentaron muy por encima de la inflación. El resultado es un cambio en la lógica de consumo: menos gasto en el día a día y mayor interés en bienes de mayor valor, muchas veces financiados.
Detrás de este comportamiento aparece un dato clave: el consumo no está impulsado por una mejora del ingreso real, sino por el acceso al financiamiento. Según el análisis, tanto los salarios del sector privado como los ingresos totales —incluyendo el empleo informal— crecieron por debajo de la inflación en los últimos años. En contraste, el crédito al consumo y las transferencias estatales, como la Asignación Universal por Hijo (AUH), aumentaron por encima de los precios. Esto configura un escenario en el que el gasto de los hogares se sostiene, en gran medida, por endeudamiento y asistencia, más que por una mejora estructural del poder adquisitivo.
Sin embargo, este esquema presenta límites claros. El crecimiento del crédito viene acompañado de un deterioro en la calidad de los préstamos. La morosidad muestra una tendencia creciente, especialmente entre los sectores informales, que suelen acceder a financiamiento fuera del sistema bancario tradicional. La diferencia de condiciones es significativa: mientras los usuarios del sistema financiero formal acceden a tasas cercanas al 57%, quienes recurren a entidades no bancarias enfrentan costos que pueden alcanzar el 145%. Esta brecha no solo profundiza la desigualdad en el acceso al crédito, sino que también incrementa el riesgo de sobreendeudamiento.
El panorama hacia adelante abre interrogantes sobre la sostenibilidad de esta dinámica. Si bien una eventual recuperación del salario real, junto con la baja de tasas y la expansión del crédito, podría impulsar el consumo, ese efecto sería limitado en el corto plazo. La razón es que las familias priorizarán primero recomponer su situación financiera, regularizar deudas y estabilizar sus ingresos antes de volver a expandir el gasto. En ese marco, el consumo en el NEA aparece sostenido por un equilibrio frágil: crece en volumen, pero apoyado en bases que no necesariamente garantizan continuidad.
