Noemí, nacida en Buenos Aires en 1929, perdió gran parte de su visión por degeneración macular, pero halló en el arte un modo de mantener vivos sus recuerdos y su conexión con el mundo.
Noemí nació el 13 de octubre de 1929 en Buenos Aires y construyó su vida bajo los pilares de la autonomía, la curiosidad intelectual y una atención constante a la actualidad. Siempre emprendió diversos trabajos que no solo ayudaron a la economía del hogar, sino que le permitieron forjar una independencia que mantuvo hasta bien entrada la longevidad.
Su creatividad fue su principal herramienta de supervivencia; una forma de encarar la existencia con una actitud luminosa y vital. “Soy coqueta, porque me gusta que los que estén al lado mío me vean bien, y verme bien yo. Fui toda la vida coqueta”, confiesa. “Me levanto a la mañana y me visto como si fuera al club o a trabajar, trato de estar arreglada. Dicen que cuando uno es joven se viste para agradar, y cuando uno es mayor se viste y se arregla para no desagradar”.
Ese espíritu resiliente se puso a prueba hace 16 años. A los 80, Noemí comenzó a notar los primeros síntomas de una degeneración macular del tipo húmedo, una patología que avanza y que carece de cura definitiva. “Fue muy lentamente. De repente me estaba lavando las manos y veía el agua sucia o estaba viendo la televisión y se deformaba la imagen. Fui al médico, y ahí detectaron un problema en la mácula de mis ojos”, recuerda. Actualmente, la ceguera en uno de sus ojos es total, mientras que en el otro conserva apenas un 20% de visión periférica.
Hace cinco años, tras una decisión consensuada con sus dos hijas, Noemí se trasladó a una residencia para mayores. Allí, entre la oferta de actividades, se cruzó con un taller de pintura. Su primera reacción fue reticente, pero la persistencia de su profesora la animó a intentarlo. “La profesora me decía que pintara algo, me dejaba la hoja, las pinturas, pasaba y pasaba, pero yo no me animaba… hasta que cuando se estaba por hacer la hora, agarré el pincel, hice unos trazos y pinté unos lirios. Ahí me di cuenta de que podía pintar, aunque es el día de hoy que me sorprendo”, admite.
Noemí pinta desde la hoja en blanco, apelando exclusivamente a su memoria. Recuperó paisajes de lugares que visitó en la Argentina, las costas del Caribe, la vida de su infancia en el campo y los detalles de flores y plantas. “Los colores no los veo bien. Sé dónde están por la ubicación en la paleta, pero asimismo le pregunto a las chicas qué color es cada uno. A veces voy con el pincel segura de que es el rojo y es el bordó, entonces después vuelvo a pintarlo con otros colores arriba. Las pinturas me salen de adentro”, explica.
Pinta un cuadro por clase, en un lapso de 40 minutos. “Si dejo una pintura y después le quiero agregar algo, es imposible. A veces pinto flores. Las margaritas me son muy fáciles. Primero imagino la forma, le hago todos los pétalos y después le digo a la profesora si me marca el centro para terminarla”. Al preguntarle dónde encuentra hoy la belleza, responde: “En mil cosas. Me gusta conversar, escuchar música y la radio, que me conecta con el mundo. Creo en todo, en Dios, en el universo. Me supera la luna, el mar, el cielo”.
