El artista uruguayo ofreció un recital en un estadio colmado, donde su música, fusionada con candombe, sirvió de marco para una reflexión íntima sobre la pérdida y el proceso terapéutico.
La magia de los recitales se repite con los años: las luces se apagan, el público estalla en aplausos y las sombras de los músicos toman sus instrumentos. Esta ceremonia se vivió nuevamente durante el fin de semana en el concierto de Jorge Drexler en el estadio Movistar, con localidades agotadas.
Más allá de apreciar su estilo suave y conversacional, Drexler no solía estar entre los artistas favoritos del autor de esta crónica. Sin embargo, siempre llamó la atención su visión del mundo moderno, donde la tecnología y la virtualidad conectan con sentimientos humanos universales como el amor, la naturaleza y la política.
Esta vez, la experiencia fue distinta. El último trabajo del artista, «Taracá» —cuyo nombre imita el ritmo del tambor chico—, presenta una presencia del candombe mucho más intensa. Esto se refleja no solo en el título del disco, sino también en el armado de su banda, con tres percusionistas en línea, logrando un sonido cuidado que hace sentir los parches latir en el pecho.
Pero lo que latía con más fuerza, incluso antes de entrar al estadio, era el corazón del autor, atravesado por un duelo particular: la pérdida de su psicóloga. La noticia fue abrupta, ya que no se compartían detalles de la vida privada de la profesional. En un encuentro previo, se había percibido alguna dificultad al caminar, pero la idea de su partida parecía lejana.
«¿Qué hacer cuando se muere tu psicóloga? ¿Con quién seguiré compartiendo mis cuitas, tratando de desentrañar mis sentimientos?», se pregunta. Un psicoanalista amigo le recomendó transitar el duelo con tranquilidad y sin urgencia, escuchando «las enseñanzas que le dejó».
En medio de esta reflexión personal, las palabras de Drexler resonaron con especial fuerza: «Te llevo tatuada, pero no en la piel, mucho más afuera, mucho más adentro, te llevo tatuada en el pensamiento». El concierto se transformó así en un ritual compartido con miles, donde la música actuó como un puente entre lo colectivo y lo íntimo, recordando que, aunque la gente pasa, las palabras —y las enseñanzas— quedan.
